Existe un juego mental muy entretenido que consta en pensar sobre la primera cosa que se nos venga a la mente al preguntar por un color, una herramienta y una bebida gaseosa. La mayoría de las personas pensamos en rojo, martillo y, sí, esa misma bebida que pensaste si adivinaste las anteriores.

De la misma manera se podría hacer un ejercicio si decidiéramos mencionar un personaje destacado de las historia con alguna de sus obras cumbres. Podría pensar que muchos de nosotros asociaríamos la Capilla Sixtina con Miguel Ángel, Vivaldi con Las Cuatro Estaciones, Miguel de Cervantes con el Quijote, Le Corbusier con la Villa Savoye, y así seguir hasta aburrirnos.

Al nombrar a Leonardo Da Vinci, es también posible que lo primero que se nos venga a la mente sea la Mona Lisa, pero inmediatamente partiríamos una divertida discusión nombrando las varias, varias y varias obras cumbres de este destacado personaje, porque fue tan genio que hasta sus errores develaron la grandeza de su vida y obra.

Uno de los desafíos que atraviesan quienes se atreven a escribir sobre el gran Leonardo, está en cómo presentarlo. Si el día de hoy tuviéramos la oportunidad de invitarlo a una entrevista y preguntarle cómo le gustaría ser presentado, pienso que su respuesta podría ser tan genial como alguna de sus obras, porque justamente su grandeza y la repercusión de su legado tienen un origen en ser un tremendo reinventor de lo que se tiene por conocido. En ese mismo sentido, si hoy existe una corriente histórica que niega la posibilidad que haya existido el Renacimiento-uno de representantes don Julio Retamal Favereau, destacado historiador chileno-, me atrevería a decir muy a la ligera que, la figura de Leonardo bien valdría para acuñar un rótulo así para ese periodo de la historia occidental, porque hubo un mundo a.L y d.L, antes y después de Leonardo.

Da Vinci fue pintor, arquitecto, urbanista, anatomista, científico, músico, poeta, filósofo y paramos de contar para no hacer más largo el texto. Sin embargo, usando el ejercicio anterior de preguntarle al propio Da Vinci, es probable que no haya puesto énfasis en alguno de los oficios escritos líneas arriba. Lo más cercano para saber cómo se veía a sí mismo está en algo así como el Curriculum que escribió para presentarse a quien fue su único mecenas, el duque Sforza de Milán. En el escrito de doce ítems sólo ocupa dos breves líneas para describir sus capacidades para la pintura y escultura, destacando sus dotes para la ingeniería y la estrategia militar, aunque fuera finalmente contratado como encargado de tramoya y efectos especiales. Es aquí donde vale la pregunta de si realmente conocemos a Da Vinci en su real dimensión o nos queda mucho aún por descubrir.

Las semanas previas a este 2 de mayo, fecha en la que se conmemoran los 500 años de su muerte en el Palacio Cloux en Francia, han estado marcadas por conferencias, exposiciones y presentaciones de estudios relacionados al genio florentino. De entre los varios eventos, una idea común se percibe en el ambiente académico: aún Da Vinci tiene muchos misterios por develarnos.

Un error y el deterioro del fresco más famoso del hijo ilegítimo del notario florentino Piero Fruosino di Antonio y Caterina, una sencilla hija de campesinos; “La Última Cena”, fue parte de uno de los misterios revelados en los últimos días. Para entender, al ser hijo no nacido dentro del matrimonio, Leonardo no pudo ser educado como tal en Florencia, su ciudad natal, por lo que fue admitido como ayudante en el taller del también destacado Andrea Verrocchio, lugar donde se desempeñaba en funciones menores a medida que aprendía las técnicas de su maestro. A sus cortos 20 años y usando la innovadora técnica de la pintura al óleo, Leonardo consiguió rangos de degradación nunca antes vistos en la pintura. Usando el aceite mezclado con los pigmentos, logró amplios rangos de colores y objetos tridimensionales sorprendentes para la época.

El cómo Da Vinci tomó parte del proyecto de la Última Cena en el comedor del monasterio dominico de Santa María delle Grazie, es aún parte del misterio no resuelto. Lo que no fue misterioso, fue la inmediata impresión que causó este fresco, pues Leonardo no copió la escena de las obras antes realizadas por otros artistas sobre la cita bíblica. No. El genio florentino tuvo un intenso estudio bíblico y teológico de la cita y comprendió que tenía que escoger una escena más humana, antropocéntrica y dramática, quizá como hijo natural del Renacimiento, y tomó de inspiración el momento del anuncio de la traición de alguno de los presentes en aquella celebración de pascua judía. Su novedoso rango de colores la convirtió en un amplio y completo grado de emociones en cada uno de los trece personajes de la escena.

Su error no fue evidente sino con el paso del tiempo, cuando se develó que Da Vinci usó aquel proyecto para seguir experimentando con las técnicas de los pigmentos y el aceite. Eso hace que quienes tienen la suerte de ver el fresco “in situ”, no logren ver más que una sombra de lo que realmente mostró aquella obra en 1498, y que despertó la codicia y deseo de poseerla por no pocos poderosos de la época, inclusive planteándose la posibilidad de llevarse la muralla entera hacia sus palacios.

A diferencia de lo que podría pasar con un artista que cometa semejante error, aquello hizo crecer su aún incipiente fama, traspasando las fronteras de Milán y acrecentando su nombre. Es muy arriesgado suponer que Leonardo haya buscado el deterioro de su obra para lo sucedido con posterioridad. Eso no lo sabremos. Pero sí sabemos hoy que su obra y negligencia, la de la Última Cena, tiene aún mucho que contar. Los pedidos para que el propio Da Vinci realizara copias de esta obra se encuentran evidenciados en documentos contemporáneos a su época. La búsqueda de años y la constancia de investigadores que siguieron los pasos de sus huellas los llevó a revelarnos uno de los tantos misterios de Da Vinci escondidos en sus obras. Sí, existen copias hechas en tamaño original por el propio multifacético genio renacentista y estas se encuentran en Bélgica e Inglaterra.

La vida y obra de Da Vinci, así como nos sorprende con su “Última Cena” en pleno siglo XXI, tiene aún mucho por contarnos y misterios por develarnos. Es aquello causa merecida de los muchos homenajes internacionales al nacido en Da Vinci. Es por ello un personaje que apasiona y no deja de asombrarnos en el quinto centenario de su muerte. Hoy más que nunca, “Il troppo stroppia, non Leonardo”.